|
La tal leyenda, torciendo los hechos, dice: que
Alfonso VI resultaría ser de lo más ingrato que
imaginar se pueda, ya que haciendo caso omiso, de
la muy generosa hospitalidad que lo ofreció
Almamún,
quién le colmó de honores y le hizo donación de
varios castillos y de la estrecha amistad que le
unió a Yahía, arrasaba los campos, y martirizaba
con el hambre a sus amigos. Es decir, que según
esta versión Alfonso olvidó atenciones y
amistades para agarrarse al dicho de “los
negocios son los negocios”. Al atacar sin piedad
alguna, obligó a Yahía a acudir a los distintos
reyes de Taifas y a los del norte africano en
demanda de ayuda. De Africa vino Abul Walíd, con
la intención de sopesar la magnitud del problema
y regresar a su reino para armar el ejército más
conveniente. ¿Cuanto tiempo necesitaría, un par
de días, quizás tres?.
Pues no, un solo vistazo bastó para
completar su estudio militar, pero como suele
ocurrir entre los humanos, Abul se enamoró de
Sobeyha, la hermana del rey, y su estancia en
Toledo se alargo y se alargo. Hasta que no hubo
declarado su
amor
a la también guapísima mora no se decidió a
regresar a su tierra en busca del ejército que más
convenía para la solución del problema, ya no
marcharía como simple estratega, lo haría también
como enamorado.
Pasado
el tiempo y conquistada Toledo por los cristianos,
Sobeyha había muerto de tristeza y Yahía había
partido para Valencia. Cuando el príncipe
africano se acercaba a Toledo con su potente
ejercito, Aben, uno de esos forzudos esclavos que
solían tener las princesas moras, salió al
encuentro del apuesto guerrero africano a quién
dejó bien enterado de la caída de Toleítula y
de la desaparición de su amada, la que antes de
morir le había encargado
hacerle saber que moría por el dolor que
le afligía la ausencia de su amado. ¡Para que
mas¡. Abul Walíd ya no se movió jamás de allí
acampó sus ejércitos y é1 mismo, día tras día,
contemplaba la ciudad erguido sobre las peñas
situadas por encima de la ermita de Nuestra Señora
del Valle.
Hacía planes para la reconquista de
Toledo... Informado
Alfonso
VI, a la sazón en campaña por otras tierras,
encargó a su Alférez, o general, Don Rodrigo Díaz
de Vivar (El Cid), atacase a aquellos africanos y
los persiguiese hasta echarlos al mar.
Este gran personaje, listo como el solo, eligió
una tranquila noche para caer con mil guerreros
sobre el adormecido campamento moro y sembrar el
desconcierto entre los mismos sarracenos, quienes
en las tinieblas de la oscuridad se mataron unos a
otros. Abul Walíd, muerto en aquella refriega, fué
enterrado por los supervivientes en aquel mismo
lugar cumpliendo así la ultima voluntad del
difunto príncipe. La peña del rey moro, modelada
por los caprichos de la naturaleza en figura de
cabeza humana con turbante, dicen, es el espíritu
petrificado de un Abul Walíd que, locamente
enamorado, salía todas las noches de su tumba
para contemplar los lugares donde reposaban los
restos de su querida Sobeyha. Y dicen también que
en un momento de insoportable dolor, rogó a su
Dios le permitiera quedarse en aquel lugar para
siempre. Su ruego fué escuchado, y ahí le
tenemos.
|