Leyendas de Toledo... Santa Leocadia...

 

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Santa Leocadia

¿Quién fué esta Santa, martirizada y muerta en su más tierna juventud?. 

       Perteneció a una notable familia cristiana del siglo IV, su padre, Leocadio, y su tío, Melancio, eran sobrinos del famosísimo obispo de Córdoba, Osio, que presidió el Concilio de Nicea, en el que se condenó a Arrío. En el Toledo romano, donde nació ella hacia el año 304, su tío ejerció de obispo y su padre de gobernador, nació pues Leocadia en un ambiente de selección social y de abundancias, lo que no impidió que nada más alcanzada su juventud hiciera votos de castidad ante su tío el obispo y se entregara en cuerpo y alma a cumplir con el mandato evangélico de la caridad. Sus riquezas, lo que podía distraer de su opulenta casa, eran destinadas a sufragar la campaña que había emprendido en favor de los pobres y los enfermos, a los que atendía personalmente sin hacer ascos de las repugnantes heridas de los más afectados.
Cuando la joven Leocadia, más bien la niña, pues al morir no tenía más de quince años, se afanaba en repartir bienes materiales y espirituales con la mejor y más positiva de las funciones sociales, una nueva y cruel persecución contra los cristianos fué decretada por el emperador Dicoleciano, quién, con objeto de contener el constante incremento de aquella secta de sediciosos, envió a Hispania a un no menos cruel gobernador de nombre Daciano. Este  gobernador fué el que interrogó y conminó a Leocadia con presiones de todo tipo a fin de conseguir la abjuración del cristianismo, para presentarla como ejemplo a los sencillos seguidores de la Iglesia cristiana. Varios y tenaces intentos se sucedieron durante largas sesiones sin que la joven mártir consintiese, ni ante los ruegos del padre ni ante las amenazas del cónsul Daciano, quién vencido por tan firmes negativas y acosado por una predicación evangélica, ordenó su encierro en una lóbrega mazmorra de la prisión pretoriana (la misma que ya quedó citada como parte de la fortaleza principal) y se la sometiese a tormento. Fué azotada atada a una columna, lo que lejos de considerarlo como elemento de tortura, Leocadia lo recibía como el gran privilegio de tener el mismo castigo que sufriera Jesucristo.
Finalmente murió, como se ha dicho, con sus labios pegados a la cruz que ella misma grabó en la húmeda roca del calabozo. Sus despojos fueron arrojados a la calle desde lo alto del castillo romano donde fueron recogidos por algunos agradecidos pobres y enterrados en el lugar de la Vega Baja donde más tarde se construyó la basílica de su nombre y donde se apareció a los reunidos en aquel concilio del año 660. La tradición añade algo verdaderamente hermoso, Recesvinto, antes de que desapareciera la Santa, entregó su puñal a San Ildefonso a fin de que este pudiese cortar un trozo de su velo y poder guardarlo como recuerdo.

Texto: Santiago Galiano.

 

 

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