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Se
cuenta que el buen alarife erró en los cálculos
y consciente del inevitable hundimiento del arco
central cuando retirase las cimbras. Se encerró
en casa con el consiguiente desasosiego. Aquella
noche, viendo su mujer el pésimo estado de ánimo
en el que se encontraba aquel hombre, y una vez al
corriente del problema se dirigió al puente en
obras cuando dormía todo el personal, trepó y
cruzó valientemente por aquel enorme tinglado del
maderamen de los andamios hasta conseguir llegar a
las mismísimas bases y prender fuero a todo el
conjunto.
El
estrépito causado por el hundimiento del arco
central despertó a la vecindad, y como resulta
que a nadie se le pasó por la imaginación, ni a
los terroristas como agentes de tan tremendo
desaguisado, todo quedo en mero accidente,
circunstancia que permitió al arquitecto salvar
su reputación y poner mas cuidado en la realización
definitiva de su proyecto original. Continúa la
leyenda con el relato del arrepentimiento de
aquella valiente mujer y buena cristiana, y añade
que pidió audiencia al arzobispo con el fin de
confesarle su pecado, y que el prelado, todo
comprensión, perdonó el atentado ordenando se
colocase la efigie de la dama en la clave del
arco. ¿Veis aquella figura de piedra blanca?.
Pues suponed que es ella misma y tan contentos. La
tal figurilla, por culpa de la erosión, ¿a quién
representa? Quizá al propio Don Pedro Tenorio, o
quizá a San Eugenio. Nadie lo sabe. |