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Un judío llamado Abisaín no podía disimular su
odio creciente a todo lo que hiciera referencia a
Jesucristo, ya que, como todos sabemos, la venida
de Cristo al mundo rompió la tradición y la
religión seguida por los judíos, ruptura que
supuso entre ellos la aparición del núcleo
cristiano, que rendirá culto a un falso Mesías.
Pues bien; un buen día llego hasta el la noticia
de estarse preparando un diabólico plan por parte
de algunos correligionarios suyos, se trataba de
impregnar los pies del Cristo con un potente
veneno que sin duda, habría de matar a los
devotos que diariamente se acercaban a besarlos.
Cuando todo contento marchaba hacía la ermita con
el propósito de gozar con el exterminio de sus
enemigos, uno de los autores salió a su encuentro
para aconsejarle que cambiara. de rumbo y huyera
lo más rápido posible, ya que la imagen del
crucificado retiraba el píe siempre que se
aproximaban los labios de los fieles. Y ya se
sabe, descubierto el veneno..., persecución de
judíos. Todo el día estuvo vagando por los
campos de Safont. Ya anochecido regresó a su casa
por la puerta de Valmardón con el fin de pasar
por la ermita de aquel Cristo que seguía condenándolos
al destierro. Este Cristo traidor merecía ser
eliminado "desvariaba Abisaín" y para
conseguirlo no se le ocurrió mejor cosa que
clavarle un dardo con la incontenible furia del
fanático. El Cristo, de madera y de reducidas
dimensiones, lanzó un gemido al recibir el golpe
y cayó al suelo apagando la lamparilla que le
alumbraba con su luz y le daba su nombre. Abisaín
guardo el crucifico bajo su capa y marchó a su
casa con paso apresurado ¿Que hacer con aquel
madero? ¿Quemarle? ¡No! Las llamas atraerían la
atención del vecindario a aquellas horas de la
noche. De momento no se le ocurrió mejor idea que
esconderlo entre las basuras amontonadas en el
patio.... Fué a la mañana siguiente cuando Abisaín
se llevo la peor y más grande de las sorpresas,
unas voces que provenían de la calle
interrumpieron su sueño matinal, voces de aquel
gentío que acompañaba a los agentes de la
autoridad que traían la orden de arrestarlo como
ladrón y profanador de la ermita. El hebreo fue
condenado a morir lapidado (ya sabéis, a pedrada
limpia), Pero...
¿cómo y porqué fué descubierto con
tanta rapidez? Muy sencillo, el Cristo de la Luz
no dejó de sangrar por la herida que le había
producido el saetazo,
sangre que fué goteando durante todo el
recorrido hasta llegar al mismísimo basurero en
el que fué escondido. Y con seguir el rastro...
pues eso. |