La Peña del Rey Moro: Leyendas de Toledo

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La Peña del rey Moro

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Hace tiempo... mucho tiempo atrás en Toledo...

"La Peña del Rey Moro, modelada por los caprichos de la naturaleza en figura de cabeza humana con turbante, dicen, es el espíritu petrificado de un Abul Walíd que, locamente enamorado, salía todas las noches de su tumba para contemplar los lugares donde reposaban los restos de su querida Sobeyha"

Foto de la Peña del Rey Moro

Autor foto:

LA PEÑA DEL REY MORO

 

La Peña del Rey Moro
 

FICHA TÉCNICA

Nombre de la Leyenda: La Peña del Rey Moro.
Siglo de la Leyenda:
Siglo XVII.
Lugar de la Leyenda:
Piedra del Rey Moro.
Ciudad: Toledo
.
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.
Fuente:

Autor de la versión:
Santiago Galiano.
Web Oficial: Ver Web>>
Coordenadas GPS:   Piedra del Rey Moro.
                                
39º 51' 03'' N Longitud.
                                 4º 01' 11'' W Latitud.
 

Foto de la Peña del Rey Moro

Autor foto:

La Peña del rey Moro

           
La tal leyenda, torciendo los hechos, dice: que Alfonso VI resultaría ser de lo más ingrato que imaginar se pueda, ya que haciendo caso omiso, de la muy generosa hospitalidad que lo ofreció Almamún, quién le colmó de honores y le hizo donación de varios castillos y de la estrecha amistad que le unió a Yahía, arrasaba los campos, y martirizaba con el hambre a sus amigos. Es decir, que según esta versión Alfonso VI olvidó atenciones y amistades para agarrarse al dicho de “los negocios son los negocios”.

         
           
Al atacar sin piedad alguna, obligó a Yahía a acudir a los distintos reyes de Taifas y a los del norte africano en demanda de ayuda. De Africa vino Abul Walíd, con la intención de sopesar la magnitud del problema y regresar a su reino para armar el ejército más conveniente. ¿Cuanto tiempo necesitaría, un par de días, quizás tres?.  Pues no, un solo vistazo bastó para completar su estudio militar, pero como suele ocurrir entre los humanos, Abul se enamoró de Sobeyha, la hermana del rey, y su estancia en Toledo se alargo y se alargo.

            Hasta que no hubo declarado su
amor a la también guapísima mora no se decidió a regresar a su tierra en busca del ejército que más convenía para la solución del problema, ya no marcharía como simple estratega, lo haría también como enamorado.
 

               Pasado el tiempo y conquistada Toledo por los cristianos, Sobeyha había muerto de tristeza y Yahía había partido para Valencia. Cuando el príncipe africano se acercaba a Toledo con su potente ejercito, Aben, uno de esos forzudos esclavos que solían tener las princesas moras, salió al encuentro del apuesto guerrero africano a quién dejó bien enterado de la caída de Toleítula y de la desaparición de su amada, la que antes de morir le había encargado hacerle saber que moría por el dolor que le afligía la ausencia de su amado. ¡Para que mas! Abul Walíd ya no se movió jamás de allí, acampó sus ejércitos y día tras día, contemplaba la ciudad erguido sobre las peñas situadas por encima de la Ermita de Nuestra Señora del Valle. Hacía planes para la reconquista de Toledo... Informado Alfonso VI, a la sazón en campaña por otras tierras, encargó a su Alférez, o general, Don Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid), atacase a aquellos africanos y los persiguiese hasta echarlos al mar.

               
Este gran personaje, listo como el solo, eligió una tranquila noche para caer con mil guerreros sobre el adormecido campamento moro y sembrar el desconcierto entre los mismos sarracenos, quienes en las tinieblas de la oscuridad se mataron unos a otros. Abul Walíd, muerto en aquella refriega, fue enterrado por los supervivientes en aquel mismo lugar cumpliendo así la ultima voluntad del difunto príncipe. La Peña del Rey Moro, modelada por los caprichos de la naturaleza en figura de cabeza humana con turbante, dicen, es el espíritu petrificado de un Abul Walíd que, locamente enamorado, salía todas las noches de su tumba para contemplar los lugares donde reposaban los restos de su querida Sobeyha. Y dicen también que en un momento de insoportable dolor, rogó a su Dios le permitiera quedarse en aquel lugar para siempre. Su ruego fue escuchado, y ahí le tenemos.
 

Textos: Santiago Galiano. Fotos:

 
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