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Don
Diego de la Salve |
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Según
costumbre centenaria, los sábados por la tarde se
cantaba el La Iglesia de San Lucas, una salve a la
virgen de La Esperanza.
Doña Ana romero fiel devota de la imagen,
costeaba esta función siguiendo la tradición de
sus antepasados, practica en trance de desaparición
por no contar con más descendencia que la de un
sobrino mucho más mundano que piadoso. En
realidad, don Diego Hernández, que así se
llamaba el caballero, según se desprende del
relato era todo un pinta, razón por la que su tía
tenia fundamentos más que suficientes como para
temer por la desaparición del cántico sabatino.
Sintiéndose morir, la noble dama lloró y
suplicó a la virgen de la esperanza la
recuperación espiritual del sobrino juerguista y
con su salvación, el mantenimiento del
tradicional rezo. Fallecida doña Ana y con Don
Diego en sus correrías caballerescas y amorosas,
la salve a la virgen no podía cantarse más que
por los mismos ángeles celestiales, pues nadie se
ocupó más de ello.
Y así sucedió que, todos los
sábados, con la iglesia cerrada, se cantaba
aquella salve con creciente asombro de los vecinos
al escuchar las melodiosas voces provenientes del
interior del templo. La noticia, pronto extendida
por toda la ciudad, no tardaría en llegar al
descreído Don Diego, quién acosado por la
insistencia de uno de sus criados y el recuerdo de
las suplicas de su tía, se dispuso a terminar con
lo que él consideraba una superchería clerical o
un mero producto de la superstición popular. El
siguiente sábado, a las seis en punto de la
tarde, la muchedumbre, encabezada por un caballero
armado de espada y en posesión de las llaves de
la iglesia, pudo escuchar desde la calle la
tradicional salve. Don Diego, que no era otro el
tal caballero, siguiendo la costumbre del asalto
militar abrió las puertas espada en mano, y cual
no sería su sorpresa, su gran asombro al
encontrarse a la virgen rodeada de un ejercito de
ángeles que entonaban la plegaria. Al caer de
rodillas vio también a su tía sobre su propia
tumba radiante de felicidad,
y una vez finalizada la oración Doña Ana
volvió a su lecho mortuorio no sin antes dirigir
al sobrino una dulce sonrisa de despedida. Don
Diego, converso y contrito, mantuvo la tradición
durante el resto de una dilatada vida dedicada a
la oración y a la beneficencia por lo que sus
paisanos le rebautizaron con el nombre que forma
el título de la leyenda: "Don Diego de
la salve". |
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