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El
Cristo de La Vega |
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Recordemos en primer lugar sus orígenes
como basílica construida sobre el sepulcro de Santa
Leocadia. La aparición de la misma santa durante
uno de los concilios toledanos en tiempos godos y,
como nueva aportación a dichos sucesos, la
tradicional procesión que se celebraba todos los
domingos de ramos desde la ciudad a la basílica,
celebración que aprovecharon los judíos
toledanos para abrir las puertas del recinto
amurallado y dejar entrar al ejercito mahometano
sin necesidad de "disparar un solo
tiro". Hasta aquí la primera de las
narraciones.
Otra nos habla, ya construida la ermita actual y
del Cristo que presidía el altar mayor
desclavando su mano derecha para testificar a
favor de un hombre que no podía cobrar el dinero
que había prestado a un judío usurero en
presencia de la milagrosa imagen.
Otra, hace referencia a dos jóvenes de nobles
familias cristianas, una andaluza y otra toledana.
Aquel, el joven andaluz, residía en Toledo
ocupado en vencer la resistencia de una bonita
joven; Éste, el toledano, asimismo enamorado de
la misma mujer pero con la diferencia de ser
correspondido por su paisana.
Cierto día, al coincidir Luis Portocarrero y el
Sr. Gualtero que así se llamaban, en la tienda
que el famoso espadero Alonso de Sahagun tenía en
la calle de las armas los dos caballeros se
enzarzaron en una discusión que, de manera
inevitable entre los caballeros de aquellos
tiempos, terminaría con el consabido, guantazo, y
el desafío a muerte. El duelo a espada quedó
fijado para la madrugada siguiente en los
descampados próximos a La Ermita del Cristo,
lugar que presenciaría la clara victoria del
toledano Gualtero quien, habiendo derribado a su
rival dos veces consecutivas, le ayudó a
incorporarse para que continuase batiéndose, ya
que, según palabras del vencedor, "un
valiente caballero no debe ser rematado tendido en
el suelo.
Don Luis Portocarrero, ante aquel gesto, dio por
finalizado el combate, no sin antes rogar a su
rival le permitiera estrechar su mano en doble
señal de agradecimiento y despedida, puesto que
cesaba en sus empeños al tiempo que se disponía
a regresar a sus tierras. Concluido el lance, el
caballero Gualtero entró en la ermita a dar
gracias a Dios, siendo entonces cuando el Cristo
allí venerado descendió su brazo derecho en
actitud de recoger la ofrenda y de aprobar un
comportamiento tan noble como auténticamente
cristiano.
Así pues, tradiciones relacionadas con diversas
materias (bélicas, financieras,
caballerescas...), pero, como se indicó
anteriormente, la más estrechamente relacionada
con la guerra civil contra los Países Bajos, la
que más renombre y fama universal ha dado a esta
imagen del brazo caído y la que sin temor a
equivocarnos todos tenéis in mente en estos
momentos, es la que Zorrilla adornó
poéticamente, contando la historia de dos
enamorados. "A buen juez, mejor
testigo": nos habla de aquel galán,
Don Diego Martínez, que prometió casarse con
Doña Inés de Vargas, promesa que hizo en la
misma Ermita y ante el Cristo de la Vega. Enrolado
en los Tercios de Flandes partió para aquellas
lejanas tierras a guerrear contra unos súbditos
levantados en armas contra su monarca por...,
bueno, por varías razones, entre las que
destacamos la imposición de la fiscalicad
castellana y, sobre todo, la institución de
obispados y del Tribunal de la Inquisición, en
tierras de fuerte infiltración y asentamiento
protestante. Don Diego, sin duda bravo guerrero,
tuvo la fortuna de alcanzar el grado de capitán,
¡capitán de los Tercios de Flandes, con la
categoría social que le confería en aquellos
tiempos!. Como es de suponer,
el hombre que regresaba era otro muy distinto de
aquel mozo que un día partió hacia lo
desconocido, volvía con una nueva personalidad,
con una nueva vida repleta de aventuras que, abriéndole
horizontes de ámbito continental, le alejaban de
todo lo anterior, incluido el honor inherente a
las promesas amorosas. Así las cosas, no es de
extrañar que al verse obligado a dar respuesta a
las demandas de Inés, nuestro Diego se aferrase
al popular dicho del "si te he visto no
me acuerdo", y de promesas
matrimoniales, pues nada de nada. Interpuesta la
correspondiente demanda judicial por la joven, en
la que presentó como único testigo al Cristo que
presenció el acto de la promesa; los jueces
encargados del asunto preguntaron a tan
excepcional testigo sobre la veracidad de lo
demandado por Doña Inés. La respuesta ya la
conocéis: de la imagen de Jesucristo crucificado
empezó a desprenderse su mano derecha, y al
tiempo que descendía el brazo, se oyó una voz en
las alturas que decía, "Sí, lo juro".
El final os lo podéis figurar; arrepentimientos
y, según la mayoría de los autores, la decisión
de ambos jóvenes de ingresar una en el convento y
otro en el monasterio. No obstante, por tratarse
de una leyenda las puertas a la imaginación
quedan abiertas y que cada uno ponga el final que
le plazca.
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