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Alfonso VIII,
como ocurre con cualquier ser humano de
sexo bien definido, se enamoro de Doña Fermosa, más
conocida por Raquel, bella judía toledana. El rey
y Raquel, entregados a los placeres del amor en su
retiro de palacio, olvidaron por completo el mundo
que les rodeaba. Siete meses de abandono de
asuntos tan importantes como los de la guerra
santa (hay quién opina que la grave derrota de
Alarcos se debió principalmente a aquel retiro de
placer adúltero), movieron a los nobles del
Consejo Real a tomar la decisión de quitar de en
medio a la jovencita. A tal efecto, organizaron
una cacería a fin de hacer salir a Alfonso de su
escondite y...,
ya sabéis, poder deshacerse de la bella
hebrea, culpable de tanta distorsión política y
familiar, termino degollada.
El rey fué rápidamente convencido con fuertes
razones de Estado, y tan convencido quedo que
arrepentido de los males que habla ocasionado
(antes rey que humano), se retiro en penitencia a
la iglesia de Illescas, donde también la tradición
habla de la aparición de un Angel que le traía
el perdón de los cielos.
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