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Bien
temprano me despiertan las campanas de
la torre del duomo. Tras desayunar en
mi hotel, me presento en pocos minutos
en la plaza del Duomo. Ahora tengo
más tranquilidad que anoche, el día
no está muy despejado, pero de
momento la lluvia no cae. Son las
nueve de la mañana, pero ya hay gente
ya esperando para entrar en el
baptisterio. Mientras espero mi
turno para acceder al mismo, me fijo
en la escultura de la puerta de
acceso. Es la “Predicación del
bautista”, de Francesco Rustuci,
quien fue compañero de Leonardo en su
taller. Hace en esta obra unas
imágenes muy clasistas. Una vez en el
interior, lo que primero me llama la
atención, es el gran mosaico de
influencia bizantina, que cubre la
cúpula. Muy interesante es el
sepulcro de Juan XXIII, obra de
Donatello y Michelozzo, y por supuesto
la pila bautismal que es gótica.
Ya
de nuevo en el exterior, veo la puerta
sur, que es de Andrea Pisano, son del
período gótico, y nos muestran la
vida de San Juan Bautista. La situada
al norte es de Lorenzo Ghiberti,
cuando aún no se habían asentado las
bases del Renacimiento, y nos muestra
escenas del Nuevo Testamento.
Finalmente, la joya del baptisterio,
“las del Paraíso” que es la
puerta este, (la situada frente a la
catedral). También es de Ghiberti,
pero esta ya pertenece al nuevo
período artístico que será el
Renacimiento, y en el que se
emplearán elementos arquitectónicos
para ayudarse a la hora de dar
perspectiva a las imágenes. Son todas
escenas del Viejo Testamento. Por
citar alguna especialmente, me quedo
con “Salomón y la reina de Saba”.
Encima
de la mencionada puerta, hay un grupo
escultórico, el “Bautismo de Cristo”,
por Andrea Sansovino. Muestra gran
elegancia, e influencias de Donatello
a la hora de dar claroscuros a los
trajes.
Ahora
me apetece subir al campanile,
y aprovechando que no hay casi gente
para iniciar la subida, saco la
entrada, (no la hay conjunta para todo
el el recinto del duomo), y me
dispongo a ascender los más de
cuatrocientos escalones que me
llevaran a lo más alto. Voy
avanzando, y cuando llego a la primera
gran sala, las vistas ya son muy
bonitas, especialmente del duomo. Veo
la bóveda que alberga la estancia
donde permanecen las campanas,
impresiona la altura. Una vez arriba,
me hago la foto típica con las
campanas, y miro por la trampilla del
suelo, que me hace ver la altura hacia
el interior del campanile. Termino las
escaleras, saliendo a la terraza que
culmina la torre. Es una gozada.
Sin duda, la mejor imagen de la
cúpula de Santa María de las Flores
se obtiene desde aquí. La iglesia de
Santa Croce, así como la torre de la
Señoría, el espléndido claustro de
la iglesia de San Lorenzo, y un
sinfín de edificios.
Sin
ver aún el interior de la catedral,
voy al museo
del duomo. Aquí podemos ver
muchas esculturas de la primitiva
construcción, la obra gótica de
Arnolfo di Cambio.
Hay una
Piedad de Miguel Angel (realizó
tres), esta tenía la finalidad de ser
colocada en la sepultura del artista,
en la iglesia de Santa María la Mayor
de Roma. En ella se pretende ver el
rostro del mismo M. Angel, (en el
papel de Nicodemo)
sosteniendo el cuerpo de
Cristo.
De
Donatello está Magdalena, una
escultura bastante peculiar, y que se
encargan de pintar un grupo de
escolares. Pero del citado escultor,
lo más asombroso es la cantoría.
Obra genial en la que ángeles alados
danzan alegremente. Justo frente a
ella, otra cantoría, más clásica,
es de Lucca de la Robia, que ilustra
el último salmo de David.
Al
finalizar podemos ver los originales
de las puertas del Baptisterio, la del
Paraíso, que como antes ya se
menciona, fueron de Ghiberti.
Cuando
voy a entrar en el interior de la
catedral, me dicen que ya solo pueden
acceder las personas que van a asistir
a los actos religiosos, por lo que
tendré que volver en otro momento.
Como
he quedado para comer en el
restaurante la Espada, cercano a Santa María Novella, ya aprovecho para visitar la parte del museo.
Se divide en dos partes, una la
iglesia, y otra el museo del convento.
Empiezo por la última,
a la que se accede por una
puerta a la izquierda de la plaza, y
que de inmediato nos adentra en un
precioso claustro, llamado “el verde”,
así conocido, por los colores verdes
y rojizos que se emplearon para
realizar los frescos, (obra de Paolo
Uccello).
En
este claustro se halla la capilla de
los españoles, construida por Jacobo
Talenti, y con frescos decorados por
Andrea Buonaiuto da Firenze. Debo
confesar que no conocía a este
artista, y me quedo sorprendido por su
gran calidad, especialmente en “la
iglesia militante y la iglesia
triunfante”.
El
tiempo se me acaba, y marcho para
comer al restaurante anteriormente
citado, (visitaré la iglesia en otro
día).
Una
vez en el establecimiento, me
encuentro con mis compañeras de
viaje. Nos contamos lo que hemos hecho
cada uno en nuestro primer día,
mientras degustamos muy buena pasta y
carne florentina, en un ambiente
bastante agradable.
Ya
al salir de nuevo al exterior, vamos
paseando por las calles. Paramos en el
palacio
Strozzi, uno de los más clásicos
del Renacimiento, con un patio de
columnas dóricas.
Pasamos
por la iglesia
de Santa Margarita, (donde se cuenta que Dante conoció a Beatriz), y
finalmente llegamos a la
plaza de Santa Croce. Tiene mucho
encanto la mencionada, porque todas
las casas y edificios guardan mucha
similitud, y están muy bien
restaurados, ya que unos cuantos son
de origen medieval. Una gran escultura
es el homenaje a Dante. Contemplamos
la fachada de su célebre basílica,
(la cual tiene andamios en su lado
izquierdo), y una vez dentro,
admiramos su grandiosidad, formada por
tres amplias naves, con esas
vidrieras que hacen que la luz,
esté presente en cualquier rincón
del edificio. Mención especial, hay
que hacer al Cristo de Cimabue en el
crucero, a la Anunciación esculpida
en piedra de Donatello, el sepulcro
del humanista Leonardo Bruni, que fue
realizado por Bernardo Rosellino, y
que es obra importante de escultura
funeraria en el Renacimiento. Muchas
tumbas de ilustres hay aquí,
empezando por la de M. Angel
Buonarroti, realizada por Vasari, y
que resulta muy pobre para tan grande
artista. Galileo y Maquiavelo también
descansan en este lugar.
En
la Sacristía podemos admirar los
frescos de Tadeo Gaddi,
(contemporáneo de Giotto). De Gaddi
es también la “Ultima Cena” del
Refectorio, (esto se ve en el museo de
la obra de Santa Cruz), al que
accedemos desde la misma iglesia.
Ahora
salimos a un claustro del siglo XIV, y
reconozco la Capilla Pazzi obra de Brunelleschi, y pieza fundamental en la
arquitectura del Renacimiento. Tal
construcción se adapta a un espacio
muy limitado, con un pórtico que da
acceso al interior, el cual está
marcado por un eje longitudinal que
tiende a la centralización por la
función de la cúpula. Dentro
apreciamos la austeridad del artista,
al mismo tiempo que nos muestra su
dominio de la perspectiva.
Ya
hemos terminado la visita, y tenemos
tiempo todavía para hacer algo más,
y no queremos detenernos, por lo que
decidimos ir a saludar al personaje
más ilustre de la ciudad,
y que para más indicaciones,
reside en la Galería
de la Academia.
Este
museo no es muy grande, y es un
perfecto complemento a la Galería de
los Ufizzi. Especialmente destaca en
escultura, donde se encuentran
diversas obras de M. Angel Buonarroti.
La “Piedad de Palestrina”,
el grupo de “los esclavos”
destinados a la tumba de Julio II, la
figura de “San Mateo”, y por
supuesto, el
“David”.
Es una figura colosal, que se
convirtió desde sus inicios en el
símbolo de la república de
Florencia. El autor, cuando acepto el
encargo de dar forma al enorme bloque
de mármol, dijo que había vida
dentro, y cuando dio su último toque
al David, le miro y le dijo: habla.
Realmente es lo único que le falta.
Por muchas imágenes que se hayan
visto, impresiona. M. Angel dio en él
con la “terribilita”, que no es
otra cosa, que la masa muscular que
dará el mencionado artista a sus
esculturas, es su fuerza.
La madurez,
la mirada, que transmite la
tensión interna del personaje.....
por ello, se consideró, que el autor
había sobrepasado el ideal de belleza
de las esculturas clásicas griegas y
romanas. No podemos evitar, sentarnos
bastante rato contemplándolo,
mientras el resto del museo parece
quedar eclipsado. Realmente es para
disfrutar.
Nos
han cerrado ya el museo, y después de
dar una vuelta mirando restaurantes,
nos metimos en una pizzería.
Tranquilamente vamos a mi hotel
(Medici), y desde la enorme terraza,
hacemos unas fotos, gozando de las
vistas y de la excelente temperatura.
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