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Senderismo

Diario de mi Viaje a Florencia.... por Javier Crespo.

    

Día 30 de octubre:

      Son cerca de las diez de la noche, cuando por fin aterrizamos en el aeropuerto Americo Vespucio de Florencia, el cual no es internacional, (ello explica los pocos vuelos de los que dispone una persona para llegar allí, directamente desde España). He pasado un día entre aviones, jaleos con la compañía, y algunos nervios, por lo que llegar a mi destino, me produce cierto alivio. He conocido a cuatro compañeras de viaje, (Daísy, Begoña, Pilar y Coro), con las tres últimas cogeré un taxi, que al coste de veintiún euros, nos dejará en la plaza de Santa María de Novella,  en donde tienen ellas el hotel, y a poca distancia se sitúa el mío. Al despedirnos, una lluvia hace acto de presencia, no es muy contundente, pero si lo suficiente como para hacernos desplegar los paraguas.

      Voy avanzando ruidosamente con mi maleta de ruedas, las calles están semivacías,  y a pesar del agua que cae, no puedo evitar detenerme en la plaza del duomo.  La fachada principal de la catedral de Santa María de las Flores impresiona, con sus mármoles policromados, que resaltan aún más de lo habitual, por la presencia de la lluvia. Parece una catedral de dibujos animados, contemplarla me hace meditar, ¿cómo es posible que haya tardado más de cinco años en volver? Delante de la citada, el baptisterio, al que doy una vuelta para ver su puerta más celebre, la del Paraíso (así la llamó M. Angel), y aunque mañana la veré con más luz, no deja de asombrarme. El campanile lo realizó Giotto y no deja de ser un regalo para la vista. Ese juego de colores tan perfecto combinado con bellos arcos, en completa armonía, y que dan una sensación de mayor altura a la propia torre.  Todo esto no sería igual, si no fuera, por la impresionante cúpula, que da un mayor significado a todo el conjunto, y por supuesto, a la propia ciudad. Brunelleschi la diseño, y con ella se ganó el respeto y la admiración de todo el mundo. Para aquella época era algo que parecía imposible, dotar a un espacio tan grande como era la catedral gótica, de una cubierta de semejantes dimensiones. Ahora la miro, y veo su linterna llena de andamios, estará cerrada la subida, pero afortunadamente ya gocé de sus vistas y entramado arquitectónico en mi visita anterior.

      He estado varios minutos parado, y si no me quiero empapar, debo llegar a mi hotel. Pronto localizo el mismo, dista a escasos cuatro minutos del duomo, y cuenta con una terraza con estupendas vistas.

     Antes de deshacer la maleta, con lo puesto, salgo para dar un paseo. Por la vía del Calzaiuoli camino, es una calle que puede darnos la sensación de ser peatonal, dada la tranquilidad de los viandantes. La armonía de sus edificios es total. De todos ellos, destaca especialmente el “Orsammichele”. Antigua lonja del grano, construida por Arnolfo di Cambio, y en cuyos muros, colocadas en hornacinas reposan imágenes esculpidas por grandes artistas. Me llama especialmente la atención “la incredulidad de Santo Tomás”, de Verrochio, (el que fuera maestro de Leonardo Da Vinchi). Hay un San Jorge de Donatello, pero no es el original, (el auténtico posa en el museo de Bargello), tambien tenemos en nuestra vista obras de Juan de Bolonia, Nanni di Banco o Ghiberti.

     De inmediato llego a la plaza de la Señoría.  La fachada del palacio Vechio está repleta de andamios, así como la Longia Lanzy. A la izquierda, veo a Cosme I a caballo, majestuoso el, obra de Juan de Bolonia. Muy cerca una hermosa fuente con un Neptuno en el centro, Ammannati dió toda una escuela de lo que se consideraría fuente ideal renacentista, con el elemento más importante en el centro, y otras estatuas en torno a ella. Judit y Holofernes es una imagen de Donatello, que no deja de sorprender por la acción en la que ella lo va a degollar, (el original esta en el palacio Vechio). Seguidamente, el “David” de M. Angel, en el mismo lugar donde estuvo el original. Ahora tenemos una copia, que aunque respete el tamaño del auténtico, no es lo mismo. Muy cerca, al otro lado de la puerta del palacio, vemos “Hércules y  Caco” de Bandinelli. Este escultor siempre quiso rivalizar con M. Angel, por eso situaron esta obra tan cerca del “David”, y de esa lucha de protagonismo salió muy mal parado Bandinelli, siempre su escultura (siendo buena), es inferior a la del gran genio del Renacimiento. A pesar de los andamios , se puede entrar en la longia Lanzy, y contemplar sus bellas muestras artísticas, (prácticamente de todas las épocas). Llaman mi atención especialmente dos. La primera es “Perseo” de Cellini, esculpida en bronce, y que nos muestra al héroe satisfecho, tras haber dado muerte a Medusa, cuya cabeza nos muestra con su mano izquierda, llevando en la diestra la espada con la que realiza dicho corte. Se aprecia perfectamente el casco alado, que le permite desplazarse allá donde quiera. La segunda es el “Rapto de las Sabinas”. Siguiendo el manierismo de M. Angel, Juan de Bolonia, crea tres esculturas entrelazadas, que se apoyan la una en la otra. Conmueve el gesto de la sabina retenida por el romano, alza su mano, expresando la libertad que en ese momento desea, y de la que ya será privada, mientras su padre, (por debajo de los dos), no puede hacer nada por impedirlo. 

     Salgo de la longia, y miro más arriba de los andamios. La esbelta torre, una de las más características de la ciudad, cuenta con una perfecta iluminación, que resalta los sillares de piedra con los que fue construida.

     Avanzo unos pasos, y ya estoy en la galería de los Uffizi, en donde a ambos lados, las columnas son el apoyo de los nervios de bóvedas. Sin duda, mañana, estarán aquí esperando su entrada cientos de turistas, que no se querrán ir de Florencia, sin ver la pinacoteca más importante de Italia. El final de la calle, es el corredor o pasadizo, que una vez atravesado, me lleva a ver el río Arno, y a nuestra derecha, el maravilloso puente Vechio.

     Es un puente inigualable, por la presencia de sus casas sobre el mismo, y que en el centro cuenta con dos grandes arcos, que hacen posible solo desde ese sitio, ver las aguas del Arno. Atravesarlo por la noche es algo estupendo. Todas las tiendas están cerradas, y el puente parece una calle más, pero al mismo tiempo es diferente, e invita a la inspiración de artistas. En mitad del mismo, un busto recuerda a Cellini, el escultor florentino que antes mencionaba en la plaza de la Señoría.

     Ya de vuelta a mi hotel, paso por la plaza de la República, en donde suena “What a wonderful world?” la melodía de Amstrong, interpretada por un músico que toca para aquellos sentados en un café, y que  beneficia a los sistemas auditivos de todo el que pasa. Me quedo unos minutos escuchando, mientras contemplo el majestuoso arco del triunfo que da paso a la Vía Strozzi.

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Fotos y Textos: Javier Crespo.

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