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Son
cerca de las diez de la noche, cuando
por fin aterrizamos en el aeropuerto
Americo Vespucio de Florencia, el cual
no es internacional, (ello explica los
pocos vuelos de los que dispone una
persona para llegar allí,
directamente desde España). He pasado
un día entre aviones, jaleos con la
compañía, y algunos nervios, por lo
que llegar a mi destino, me produce
cierto alivio. He conocido a cuatro
compañeras de viaje, (Daísy,
Begoña, Pilar y Coro), con las tres
últimas cogeré un taxi, que al coste
de veintiún euros, nos dejará en la
plaza de Santa María de Novella,
en donde tienen ellas el hotel,
y a poca distancia se sitúa el mío.
Al despedirnos, una lluvia hace acto
de presencia, no es muy contundente,
pero si lo suficiente como para
hacernos desplegar los paraguas.
Voy
avanzando ruidosamente con mi maleta
de ruedas, las calles están
semivacías,
y a pesar del agua que cae, no
puedo evitar detenerme en la plaza del
duomo.
La fachada principal de la
catedral de Santa María de las Flores
impresiona, con sus mármoles
policromados, que resaltan aún más
de lo habitual, por la presencia de la
lluvia. Parece una catedral de dibujos
animados, contemplarla me hace
meditar, ¿cómo es posible que haya
tardado más de cinco años en volver?
Delante de la citada, el baptisterio,
al que doy una vuelta para ver su
puerta más celebre, la del Paraíso
(así la llamó M. Angel), y aunque
mañana la veré con más luz, no deja
de asombrarme. El campanile lo
realizó Giotto y no deja de ser un
regalo para la vista. Ese juego de
colores tan perfecto combinado con
bellos arcos, en completa armonía, y
que dan una sensación de mayor altura
a la propia torre.
Todo esto no sería igual, si
no fuera, por la impresionante
cúpula, que da un mayor significado a
todo el conjunto, y por supuesto, a la
propia ciudad. Brunelleschi la
diseño, y con ella se ganó el
respeto y la admiración de todo el
mundo. Para aquella época era algo
que parecía imposible, dotar a un
espacio tan grande como era la
catedral gótica, de una cubierta de
semejantes dimensiones. Ahora la miro,
y veo su linterna llena de andamios,
estará cerrada la subida, pero
afortunadamente ya gocé de sus vistas
y entramado arquitectónico en mi
visita anterior.
He
estado varios minutos parado, y si no
me quiero empapar, debo llegar a mi
hotel. Pronto localizo el mismo, dista
a escasos cuatro minutos del duomo, y
cuenta con una terraza con estupendas
vistas.
Antes
de deshacer la maleta, con lo puesto,
salgo para dar un paseo. Por la vía
del Calzaiuoli camino, es una calle
que puede darnos la sensación de ser
peatonal, dada la tranquilidad de los
viandantes. La armonía de sus
edificios es total. De todos ellos,
destaca especialmente el
“Orsammichele”. Antigua lonja
del grano, construida por Arnolfo di
Cambio, y en cuyos muros, colocadas en
hornacinas reposan imágenes
esculpidas por grandes artistas. Me
llama especialmente la atención “la
incredulidad de Santo Tomás”, de
Verrochio, (el que fuera maestro de
Leonardo Da Vinchi). Hay un San Jorge
de Donatello, pero no es el original,
(el auténtico posa en el museo de
Bargello), tambien tenemos en nuestra
vista obras de Juan de Bolonia, Nanni
di Banco o Ghiberti.
De
inmediato llego a la plaza
de la Señoría.
La fachada del palacio Vechio
está repleta de andamios, así como
la Longia Lanzy. A la izquierda, veo a
Cosme I a caballo, majestuoso el, obra
de Juan de Bolonia. Muy cerca una
hermosa fuente con un Neptuno en el
centro, Ammannati dió toda una
escuela de lo que se consideraría
fuente ideal renacentista, con el
elemento más importante en el centro,
y otras estatuas en torno a ella.
Judit y Holofernes es una imagen de
Donatello, que no deja de sorprender
por la acción en la que ella lo va a
degollar, (el original esta en el
palacio Vechio). Seguidamente, el “David”
de M. Angel, en el mismo lugar donde
estuvo el original. Ahora tenemos una
copia, que aunque respete el tamaño
del auténtico, no es lo mismo. Muy
cerca, al otro lado de la puerta del
palacio, vemos “Hércules y
Caco” de Bandinelli. Este
escultor siempre quiso rivalizar con
M. Angel, por eso situaron esta obra
tan cerca del “David”, y de esa
lucha de protagonismo salió muy mal
parado Bandinelli, siempre su
escultura (siendo buena), es inferior
a la del gran genio del Renacimiento.
A pesar de los andamios , se puede
entrar en la longia Lanzy, y
contemplar sus bellas muestras
artísticas, (prácticamente de todas
las épocas). Llaman mi atención
especialmente dos. La primera es “Perseo”
de Cellini, esculpida en bronce, y que
nos muestra al héroe satisfecho, tras
haber dado muerte a Medusa, cuya
cabeza nos muestra con su mano
izquierda, llevando en la diestra la
espada con la que realiza dicho corte.
Se aprecia perfectamente el casco
alado, que le permite desplazarse
allá donde quiera. La segunda es el
“Rapto de las Sabinas”. Siguiendo
el manierismo de M. Angel, Juan de
Bolonia, crea tres esculturas
entrelazadas, que se apoyan la una en
la otra. Conmueve el gesto de la
sabina retenida por el romano, alza su
mano, expresando la libertad que en
ese momento desea, y de la que ya
será privada, mientras su padre, (por
debajo de los dos), no puede hacer
nada por impedirlo.
Salgo
de la longia, y miro más arriba de
los andamios. La esbelta torre, una de
las más características de la
ciudad, cuenta con una perfecta
iluminación, que resalta los sillares
de piedra con los que fue construida.
Avanzo
unos pasos, y ya estoy en la galería
de los Uffizi, en donde a ambos
lados, las columnas son el apoyo de
los nervios de bóvedas. Sin duda,
mañana, estarán aquí esperando su
entrada cientos de turistas, que no se
querrán ir de Florencia, sin ver la
pinacoteca más importante de Italia.
El final de la calle, es el corredor o
pasadizo, que una vez atravesado, me
lleva a ver el río Arno, y a nuestra
derecha, el maravilloso puente
Vechio.
Es
un puente inigualable, por la
presencia de sus casas sobre el mismo,
y que en el centro cuenta con dos
grandes arcos, que hacen posible solo
desde ese sitio, ver las aguas del
Arno. Atravesarlo por la noche es algo
estupendo. Todas las tiendas están
cerradas, y el puente parece una calle
más, pero al mismo tiempo es
diferente, e invita a la inspiración
de artistas. En mitad del mismo, un
busto recuerda a Cellini, el escultor
florentino que antes mencionaba en la
plaza de la Señoría.
Ya
de vuelta a mi hotel, paso por la plaza
de la República,
en donde suena “What a wonderful
world?” la melodía de Amstrong,
interpretada por un músico que toca
para aquellos sentados en un café, y
que
beneficia a los sistemas
auditivos de todo el que pasa. Me
quedo unos minutos escuchando,
mientras contemplo el majestuoso arco
del triunfo que da paso a la Vía
Strozzi.
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