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"Elena, Marco y yo realizamos un gran recorrido por
Escocia, que comienza
y termina en Edimburgo, disfrutando de cinco días por las
highlands. La
fecha de realización fue del cinco al trece de agosto de dos mil cinco." |
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Autor foto:
Javier Crespo.
Glencoe.
Escocia. |
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Hoy dejamos
Edimburgo. Para ello hemos alquilado un coche en Europcar, que
gestionamos previamente desde
España. La oficina donde debemos recogerlo
está en London street. El vehículo que
utilizaremos en nuestro periplo por las tierras del norte (highlands),
es un Toyota Rav4. El coche es muy cómodo, pero hay que habituarse a la
conducción por el carril izquierdo, y lo que es más complejo, salir de
Edimburgo.
Con un
plano y mucha atención en las rotondas, cambios de
sentido, etc... logramos salir de la ciudad, y hemos
cogido una autovía con dirección a
Glasgow, aunque
pronto la dejaremos para ir hacia
Stirling. Está
algo confusa la salida de la autovía. |
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El caso es que una vez fuera de ella, nos perca-tamos
de lo cer-ca que estamos
de la localidad de
Doune. Hacemos un alto para visitar el
pueblo, y es-pecialmente su castillo del siglo XIV. |
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Retrocedemos
para llegar al
Castillo de Stirling. Se
divisa desde lejos, por la situación en lo alto. Parece
una fortaleza casi inexpugnable. Este lugar evoca las
luchas de la independencia entre escoceses e ingleses.
Una gran estatua de Robert The Bruce nos recuerda la
batalla de Bannockburn, en la que los escoceses ganaron
su libertad. Desde esta misma escultura, apreciamos la
localidad que da nombre al castillo, y una gran torre a
lo lejos. Se trata del monumento al héroe nacional, que
no es otro que William Wallace. En un puente medieval
que podemos observar, este personaje, tendió una
emboscada a la caballería inglesa, y los infringió una
dura derrota.
A nosotros nos parece el lugar idóneo para
sacar unos bocatas, y degustar
mientras nuestra imaginación nos
lleva a otros tiempos lejanos,
de la cual estos célebres muros
fueron testigos.
Enseguida nos dirigimos hacia el
Parque Nacional de
las Trossachs, concretamente hacia el
Lago Katrine,
famoso por su belleza, y por disponer de un barco de
vapor, llamado Sir Walter Scott. Para nuestra pena,
cuando llegamos, la última tripulación ya ha
completado la embarcación, y no nos queda otra, que
recorrer el
Lago Katrine
por el cuidado paseo
habilitado en sus orillas. Podemos incluso alquilar
unas bicicletas. En cualquier caso caminar por este
entorno resulta bastante gratificante. |
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Nuestro trayecto, aún esta lejos de
concluir hoy. Debemos llegar a nuestro
alojamiento en
Fort William.
Para ello, circulamos por una
carretera bien asfaltada, y con
muchos apeaderos, para detenerse a
contemplar el paisaje y
fotogra-fiarlos. |
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La
presencia de grandes lagos,
bellas praderas con sus animales
pastando.... ¡estamos ya
en las
highlands!
Van pasando los kilómetros, y estamos en la zona
montañosa de
Glencoe.
“Camposanto de una raza de
gigantes”, son las palabras que
utilizó Dickens, para describir el
lugar citado. Es una pasada esta
cordillera. Ideal para detenernos
unos minutos en cualquiera de los
lugares habituados para ello, y leer
la historia de la masacre que hubo
en este lugar. Corría el año 1.692
cuando el clan de los McDonal, alojó
en sus hogares a los soldados del
gobierno, que posteriormente
asesinaron a sus anfitriones.
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Dejamos atrás estas montañas, con las
ganas de habernos quedado por aquí
alguna noche, para disfrutar de alguna
jornada de senderismo u alguna otra
actividad, de las muchas que se pueden
hacer. |
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Ya es casi de noche, y pronto
encontramos en
Fort William nuestro hotel,
llamado Alexandra. Esta localidad, ideal
en invierno para los amantes al esquí, no ofrece nada de especial
interés al visitante, (yo me lo imaginaba más grande), salvo su
emplazamiento, desde el que se pueden hacer muchas excursiones. Por
citar alguna, la ascensión a la montaña más alta de
Escocia, el
Ben
Nevis. |
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CUARTO DÍA |
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Hacemos nuestro equipaje y nos
vamos a la estación de tren. A
las diez y media sale el
ferrocarril de vapor llamado (Jacobite
Stean Train) que parte hacia
Mallaig. Nos han recomendado hacer
este viaje por la grandeza de sus paisajes y por el encanto de
este medio de transporte. El trayecto nos cuesta veintiséis
libras por persona, pero a la vuelta no duda-mos en darlas por
bien empleadas.
No tenemos
sitio sentados, debido a que el tren está lleno, pero nos
acoplamos bien. Para hacer fotografías lo mejor es situarse en
los pasillos que hay entre los vagones. Podemos asomar la cabeza
por las ventanas y obtener todas las fotos que nos apetezcan,
(que a buen seguro no serán pocas).
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Al poco tiempo de
partir, podemos ver el
Ben Nevis, con sus 1.343 metros de
altura. Es curioso ver la cantidad de vapor que arroja la
locomotora al avanzar. La vía se abre paso entre la vegetación,
lagos y túneles. Yo no paro de hacer fotos, y es que las vistas
son impresionantes. No lo es menos, cuando
cruzamos el viaducto anunciado en los folletos
del tren. Resulta curioso, que cuando asomas la
cabeza, el viento puede hacerte llegar
restos del carbón que consume la locomotora. Pronto vemos el mar, que no es
otro que el océano Atlántico, y seguidamente llegamos a
Mallaig.
Han pasado una hora y cuarenta y cinco minutos, desde que
dejamos
Fort William.
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Textos y fotos:
Javier Crespo. |
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