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POR
TIERRA MUERTA Y LAS TIERRAS
COLORADAS |
18
de Mayo-2003 |
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“UN
PEQUEÑO DESIERTO EN LA SERRANIA DE
CUENCA”
No es una ruta habitual. En esta ocasión nos vamos
a adentrar en Tierra Muerta, grandes
extensiones de sabinares y pinares
en plena Serranía de Cuenca. Es,
sin duda, una de las zonas más
despobladas de Europa, cruzada por
centenares de caminos que nos
obligarán a hacer un buen ejercicio
de orientación.
Es
importante portar toda el agua que
nos sea posible pues en todo el
recorrido encontraremos fuente
alguna y la posibilidad de coger un
camino equivocado estará presente
en la jornada de hoy. Suerte
que entre nosotros hay compañeros
que conocen la zona a la perfección
como Javier Rodríguez Laguía, cuya
experiencia cicloturista en esta
zona de nuestra provincia fue objeto
de la publicación de un libro de
rutas en BTT. Su participación sin
duda
nos proporciona seguridad y
todas las miradas se dirigen a él
cuando llegamos a una de tantas
intersecciones.
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Nos desplazamos en coches
hasta la Fuente de las Tablas donde
se incorporan varios compañeros del
club que están pasando el fin de
semana en el albergue que la
Diputación ha construido en este
paraje.
Comenzamos
la ruta con un sol espléndido y una
suave brisa refrescante que alivia
las primeras rampas que nos llevan
desde el albergue hasta la carretera
de Beamud. |

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Nuestro
primer destino, el pino del Tío
Rojo. Tenemos varias opciones para
acceder
a la Solana del Río Rojo
pero la tormenta caída hace dos días
hace que optemos por evitar las
temibles zonas de barro, auténtica
greda que impide rodar en bicicleta,
dando un pequeño rodeo por la pista
del tendido eléctrico que se
encuentra en buen estado. Avistamos
ciervos que se cruzan a nuestro paso
observándonos con curiosidad.
Para
bajar al pinar de Tragaderos donde
se encuentra este magnífico negral
bajamos por un camino serpenteante
que hace las delicias de todos los
participantes, tanto es así que la
velocidad y la emoción del descenso
hace que el “Tío Rojo” pase
inadvertido para el grupo delantero.
Merece la pena una parada para
contemplar uno de los árboles
singulares de nuestra región y que
destaca frente a otros ejemplares
centenarios de su misma especie,
junto a enebros, majuelos y rosales
silvestres. Para que os hagáis una
idea, tiene una altura de 30 metros
con ramificaciones en todas
direcciones. También se advierten
las grandes cicatrices de su
resinado en tiempos pasados. |
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Volvemos
sobre nuestros pasos para
adentrarnos en “Prado Ciervo”,
convertido en un humedal tras las últimas
lluvias. Un ejército de ranas
saltan a nuestro paso sobre un manto
de hierba y flores silvestres
rebosante de agua. Rodales de champiñones
de prado salpican de blanco esta
bonita postal que, con buen humor,
un compañero bautiza como el prado
de “Vernel”, que los lectores
recordarán de aquél anuncio bucólico
del famoso suavizante.
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Después
de un breve descanso persiguiendo a
alguna rana que otra, ponemos rumbo
a las Tierras Coloradas,
uno de los paisajes más
sorprendentes
que existen en nuestra provincia, un
pequeño desierto entre pinos y
sabinas.
Las
dunas y la arena rojiza confieren al
lugar un aspecto volcánico, casi
lunar, en el que las derrapadas son
continuas buscando las zonas más
compactas para atravesar este mar de
arena.
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Como vamos bien de tiempo decidimos
subir a “La Herrada” por lo que
nos dirigimos hacia Beamud por
carretera hasta la base de este
collado. La ascensión no es muy
larga, pero el último repechón de
unos 300 metros se hace bastante
duro. Desde el hito de La Herrada se
divisan unas vistas magníficas con
Monteagudillo a nuestros pies, por
lo que merece la pena el esfuerzo.
De
regreso a la Fuente de las Tablas se
aviva el ritmo por la inercia del
descenso y por la necesidad de
llegar a la fuente que le da nombre
y saciar nuestra sed después de
esta fascinante aventura en
bicicleta.
Antes
de despedirnos nos citamos para el
próximo fin de semana para vivir
otra jornada montañera.
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Fotos
y Textos: Pablo Fernández. |
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