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Aventura

Club Deportivo Elemental "En Ruta".

En Ruta

CLUB DEPORTIVO ELEMENTAL "EN RUTA" 
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DE TARANCÓN A VILLAR DEL ÁGUILA, POR UCLÉS Y SEGOBRIGA

 23 de Marzo-2.003

            Con el relente de las primeras horas de la mañana, acudimos con nuestras bicis a la estación de tren para coger el que nos llevaría desde Cuenca hasta Tarancón.
Son las 7:00 y no podemos esperar ni un segundo. Salimos en 5 minutos. No creemos que venga nadie más. Hoy vamos en familia y nunca mejor dicho porque en esta ocasión me convierto en miembro de adopción del “Pérez Team” ya que acompaño a mis buenos compañeros, los hermanos, José Luis y Adolfo y a José Antonio, su sobrino. La zona que vamos a recorrer, sobre todo el último tramo, no tiene ningún misterio para ellos pues se criaron en Villar del Aguila y conocen sus alrededores palmo a palmo.
 
Suena el silbato y partimos en agradable conversación. El interventor nos ha situado en el último vagón para poder utilizar un compartimento en el que viajan las bicicletas junto a nosotros. Pronto empezamos a sentir ese traqueteo o movimiento lateral casi “parkinsoniano” que nos acompañaría hasta nuestro destino. Los comentarios acerca del AVE, como comprenderéis, no se hacen esperar.
El viaje se hace entretenido y vamos reconociendo pueblos y caminos de rutas anteriores, que nos hacen revivir gratos recuerdos de fantásticas jornadas de MTB.
Estamos llegando a Tarancón y, junto a la puerta, esperamos la parada manteniéndonos en equilibrio al son del “Chachachá” del tren. Cuando nos hemos acostumbrado a caminar sin hacer círculos, montamos en nuestros cacharros y ponemos rumbo a Tribaldos.

Como nos temíamos el viento va a ser nuestro compañero de viaje durante toda la ruta y nos azota casi siempre de cara.
Atravesamos las calles de Tribaldos con sus encaladas casas y continuamos en pos del Monasterio de Uclés que ya divisamos en el horizonte. El polvo en suspensión levantado por el aire y el sol de la mañana crea una especie de mágica y espectral neblina adivinándose a lo lejos la silueta del Monasterio dándole un carácter fantasmagórico.
Nos detenemos en el Cerro El Portillo para divisar una panorámica general de Uclés y de su Monasterio. Enseguida se adivina su antigua función defensiva por el trazado de diente de sierra que conservan las murallas, con dos líneas defensivas que protegían la fortaleza. El edificio es majestuoso y su estado de conservación es excelente.
A sus pies, las huertas regadas por el río se han convertido en canchas de baloncesto, donde los seminaristas pasarán, sin duda, buena parte de su tiempo libre. Recuerdo de mis tiempos de colegial, la fama de imbatibilidad que tenía el equipo de baloncesto de Uclés y eso que el nuestro, el Colegio Nacional de Prácticas, era de los mejores de la provincia. Recuerdo a D. Juan, nuestro entrenador, sometiéndonos a estrictos entrenamientos y a ensayar todo tipo de jugadas tácticas para contrarrestar el excelente tiro y la técnica depurada de los de Uclés.
También me viene a la memoria las muchas veces que vine a este lugar durante la época de seminarista de mi hermano pequeño y de uno de mis mejores amigos. Todavía me pregunto por qué no volví a hacerlo desde entonces. Uclés, tan cercana y a la vez tan distante en el recuerdo.
Nos hubiera gustado detenernos más tiempo, pero faltan todavía muchos kilómetros por recorrer, así que nos conformamos con rodear el Monasterio en bicicleta y pasar unos minutos al interior.  Callejeamos por Uclés, cuyo conjunto urbano, de planta radial y de época medieval, conserva varias construcciones de valor histórico, como la Puerta del Agua, del siglo XVI, las casas palacios de los Pareja y Cedillo, de los Torre y de los Fernández y Contreras y antes de salir hacia Saelices, nos aprovisionamos de agua en la Fuente de los Cinco Caños, prometiéndome a mí mismo regresar de nuevo con mi familia, y ¿por qué no?, con Nacho, mi hermano, seminarista sin vocación que siguió los pasos de un grupete de amigos que decidieron “alistarse” buscando nadie sabe qué.

José Luis, que también cursó estudios en el Seminario Menor, nos cuenta su experiencia de colegial con cierta nostalgia. Estoy seguro que en su pedalear pasarían cientos de imágenes de su infancia y de quién sabe cuantas caras de niños con los que creó esos vínculos de amistad tan importantes cuando vives lejos de los tuyos en régimen de internado. De camino a Saelices y durante todo el recorrido, salen a nuestro paso decenas de perdices, creemos que en época de apareamiento ya que lo hacían siempre por parejas.

Unas alzaban el vuelo y otras, correteando, dejaban ver su cuello erguido entre los campos de cereal.
Llegamos a Segóbriga, la ciudad romana más importante de la provincia.
La influencia de Segóbriga debió ser muy importante en el territorio circundante al ser centro administrativo de un gran espacio agrícola y minero. Imaginamos en su teatro gentes procedentes de pueblos cercanos junto a los propios habitantes de la ciudad; acomodados funcionarios imperiales llegados a desde Tarraco, la capital provincial, o desde Roma, compartirían tardes de espectáculos en el anfiteatro con los segobrigenses. Sin duda una ciudad cosmopolita cuya visita, que podría haber supuesto una hora y media con audiovisual incluido, no pudimos llevar a cabo ya que no se permitía recorrerla en bicicleta como era nuestra intención, por lo que decidimos continuar nuestra ruta.

Poco después de abandonar Segóbriga cogemos un camino señalizado como PR (pequeño recorrido) que nos introduce en una pequeña pero bella hoz al encuentro del río Cigüela, a cuyo margen hacemos un pequeño alto para reponer fuerzas. Antes de llegar a la localidad de El Hito ya podemos apreciar su laguna que, en esta época del año alberga una cantidad importante de agua. En otras ocasiones hemos tenido la desgracia de verla sin agua, lamentándonos de la proximidad del trasvase Tajo-Segura y de la posibilidad de mantener un caudal constante durante todo el año, dejando de ser una laguna estacional. Su extensión, 573 hectáreas, su carácter salino y su escasa profundidad hacen de este humedal un magnífico refugio para muchas comunidades de aves acuáticas, pero sobre todo para la grulla común que todos los otoños pasa por El Hito en su viaje migratorio. De camino a Montalbo, tuvimos la suerte de ver dos bellos ejemplares que ante nuestra presencia agitaron sus alas iniciando un majestuoso vuelo.
De Montalbo a Zafra de Záncara acompañamos durante unos kilómetros, en su silencioso descenso, al canal del trasvase Tajo-Segura. Vamos junto al
canal y verdaderamente causa una extraña sensación el silencio absoluto del discurrir del agua en su viaje hacia el Segura, como si enmudeciera echando de menos la alegría del Tajo.
Llegamos al único terreno montañoso de nuestro singular recorrido, Zafra de Záncara, cuya situación geográfica no puede dejar de sorprendernos, en lo alto de la montaña, asomándose de una forma casi suicida al borde del precipicio.

La jornada está llegando a su fin y, de camino a Torrebuceit, aunque algo cansados, el ritmo se aviva porque ya huelen las famosas judías que nos tiene preparadas Herminia, madre y abuela de mis compañeros de aventura, cuyo sabor, según cuentan ellos, les transporta a su niñez y que el momento de su degustación era el más esperado por cientos de cazadores en los días de batida. A fe mía que no era para menos, ya que llegados a Villar del Aguila y después de unos buenos

aperitivos, dimos buena cuenta de ellas y todos repetimos, “para mí con un poquito de rabo y chorizos”, “yo un cacito más con algo de oreja”, “A mí échame un poquito más pero viudas, que ya llevo bastante”.

Durante la comida comentamos con nuestros anfitriones, Adolfo y Herminia, veterana ciclista en activo, lo que nos había deparado el día, de la heroica lucha contra un viento implacable durante más de 70 kilómetros de planicie manchega y entre arroces con leche y chascarrillos llega la hora de regresar a Cuenca. Con un final como éste, ya pueden echarnos kilómetros.

Nos vemos en la siguiente aventura.

Fotos y Textos: Pablo Fernández.

 
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