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Con el relente de las primeras horas de la
mañana, acudimos con nuestras bicis a la
estación de tren para coger el que nos
llevaría desde Cuenca hasta Tarancón.
Son las 7:00 y no podemos esperar ni un
segundo. Salimos en 5 minutos. No creemos
que venga nadie más. Hoy vamos en familia
y nunca mejor dicho porque en esta ocasión
me convierto en miembro de adopción del
“Pérez Team” ya que acompaño a mis
buenos compañeros, los hermanos, José
Luis y Adolfo y a José Antonio, su
sobrino. La zona que vamos a recorrer,
sobre todo el último tramo, no tiene ningún
misterio para ellos pues se criaron en
Villar del Aguila y conocen sus
alrededores palmo a palmo.
Suena
el silbato y partimos en agradable
conversación. El interventor nos ha
situado en el último vagón para poder
utilizar un compartimento en el que viajan
las bicicletas junto a nosotros. Pronto
empezamos a sentir ese traqueteo o
movimiento lateral casi
“parkinsoniano” que nos acompañaría
hasta nuestro destino. Los comentarios
acerca del AVE, como comprenderéis, no se
hacen esperar.
El viaje se hace entretenido y vamos
reconociendo pueblos y caminos de rutas
anteriores, que nos hacen revivir gratos
recuerdos de fantásticas jornadas de MTB.
Estamos
llegando a Tarancón y, junto a la puerta,
esperamos la parada manteniéndonos en
equilibrio al son del “Chachachá” del
tren. Cuando nos hemos acostumbrado a
caminar sin hacer círculos, montamos en
nuestros cacharros y ponemos rumbo a
Tribaldos.
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Como
nos temíamos el viento va a ser nuestro
compañero de viaje durante toda la ruta y
nos azota casi siempre de cara.
Atravesamos
las calles de Tribaldos con sus encaladas
casas y continuamos en pos del Monasterio
de Uclés que ya divisamos en el
horizonte. El polvo en suspensión
levantado por el aire y el sol de la mañana
crea una especie de mágica y espectral
neblina adivinándose a lo lejos la
silueta del Monasterio dándole un carácter
fantasmagórico.
Nos
detenemos en el Cerro El Portillo para
divisar una panorámica general de Uclés
y de su Monasterio. Enseguida se adivina
su antigua función defensiva por el
trazado de diente de sierra que conservan
las murallas, con dos líneas defensivas
que protegían la fortaleza. El edificio
es majestuoso y su estado de conservación
es excelente.
A sus pies, las huertas regadas por el río
se han convertido en canchas de
baloncesto, donde los seminaristas pasarán,
sin duda, buena parte de su tiempo libre.
Recuerdo de mis tiempos de colegial, la
fama de imbatibilidad que tenía el equipo
de baloncesto de Uclés y eso que el
nuestro, el Colegio Nacional de Prácticas,
era de los mejores de la provincia.
Recuerdo a D. Juan, nuestro entrenador,
sometiéndonos a estrictos entrenamientos
y a ensayar todo tipo de jugadas tácticas
para contrarrestar el excelente tiro y la
técnica depurada de los de Uclés.
También
me viene a la memoria las muchas veces que
vine a este lugar durante la época de
seminarista de mi hermano pequeño y de
uno de mis mejores amigos. Todavía me
pregunto por qué no volví a hacerlo
desde entonces. Uclés, tan cercana y a la
vez tan distante en el recuerdo.
Nos
hubiera gustado detenernos más tiempo,
pero faltan todavía muchos kilómetros
por recorrer, así que nos conformamos con
rodear el Monasterio en bicicleta y pasar
unos minutos al interior.
Callejeamos por Uclés, cuyo
conjunto urbano, de planta radial y de
época medieval, conserva varias
construcciones de valor histórico, como
la Puerta del Agua, del siglo XVI, las
casas palacios de los Pareja y Cedillo, de
los Torre y de los Fernández y Contreras
y antes de salir hacia Saelices, nos
aprovisionamos de agua en la Fuente de los
Cinco Caños, prometiéndome a mí mismo
regresar de nuevo con mi familia, y ¿por
qué no?, con Nacho, mi hermano,
seminarista sin vocación que siguió los
pasos de un grupete de amigos que
decidieron “alistarse” buscando nadie
sabe qué.
| José
Luis, que también cursó estudios
en el Seminario Menor, nos cuenta su
experiencia de colegial con cierta
nostalgia. Estoy seguro que en su
pedalear pasarían cientos de
imágenes de su infancia y de quién
sabe cuantas caras de niños con los
que creó esos vínculos de amistad
tan importantes cuando vives lejos
de los tuyos en régimen de
internado. De
camino a Saelices y durante todo el
recorrido, salen a nuestro paso
decenas de perdices, creemos que en
época de apareamiento ya que lo
hacían siempre por parejas. |
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Unas
alzaban el vuelo y otras, correteando,
dejaban ver su cuello erguido entre los
campos de cereal.
Llegamos a Segóbriga, la ciudad romana
más importante de la provincia.
La influencia de Segóbriga debió ser muy
importante en el territorio circundante al
ser centro administrativo de un gran
espacio agrícola y minero. Imaginamos en
su teatro gentes procedentes de pueblos
cercanos junto a los propios habitantes de
la ciudad; acomodados funcionarios
imperiales llegados a desde Tarraco, la
capital provincial, o desde Roma,
compartirían tardes de espectáculos en
el anfiteatro con los segobrigenses. Sin
duda una ciudad cosmopolita cuya visita,
que podría haber supuesto una hora y
media con audiovisual incluido, no pudimos
llevar a cabo ya que no
se permitía recorrerla en bicicleta como
era nuestra intención, por lo que
decidimos continuar nuestra ruta.

Poco
después de abandonar Segóbriga cogemos
un camino señalizado como PR (pequeño
recorrido) que nos introduce en una pequeña
pero bella hoz al encuentro del río Cigüela,
a cuyo margen hacemos un pequeño alto
para reponer fuerzas.
Antes de llegar a la localidad de El Hito
ya podemos apreciar su laguna que, en esta
época del año alberga una cantidad
importante de agua. En otras ocasiones
hemos tenido la desgracia de verla sin
agua, lamentándonos de la proximidad del
trasvase Tajo-Segura y de la posibilidad
de mantener un caudal constante durante
todo el año, dejando de ser una laguna
estacional. Su extensión, 573 hectáreas,
su carácter salino y su escasa
profundidad hacen de este humedal un magnífico
refugio para muchas comunidades de aves
acuáticas, pero sobre todo para la grulla
común que todos los otoños pasa por El
Hito en su viaje migratorio. De camino a
Montalbo, tuvimos la suerte de ver dos
bellos ejemplares que ante nuestra
presencia agitaron sus alas iniciando un
majestuoso vuelo.
De
Montalbo a Zafra de Záncara acompañamos
durante unos kilómetros, en su silencioso
descenso, al canal del trasvase
Tajo-Segura. Vamos junto al
canal
y verdaderamente causa una extraña
sensación el silencio absoluto del
discurrir del agua en su viaje hacia el
Segura, como si enmudeciera echando de
menos la alegría del Tajo.
Llegamos al único terreno montañoso de
nuestro singular recorrido, Zafra de Záncara,
cuya situación geográfica no puede dejar
de sorprendernos, en lo alto de la montaña,
asomándose de una forma casi suicida al
borde del precipicio.
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La
jornada está llegando a su
fin y, de camino a Torrebuceit,
aunque algo cansados, el ritmo
se aviva porque ya huelen las
famosas judías que nos tiene
preparadas Herminia, madre y
abuela de mis compañeros de
aventura, cuyo sabor, según
cuentan ellos, les transporta
a su niñez y que el momento
de su degustación era el más
esperado por cientos de
cazadores en los días de
batida.
A fe mía que no era para
menos, ya
que llegados a Villar del
Aguila y después de unos
buenos
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