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Después
de la experiencia en la nieve del día
anterior (ver
Ruta del Estrecho del Infierno), nos
quedamos con las ganas de hacer más kilómetros
en bicicleta y al pasar por la localidad
de Uña cuando regresábamos a Cuenca y
ver los farallones rocosos sobre la
laguna, no podemos resistir la tentación
y nos citamos al día siguiente para
embarcarnos en una nueva aventura por la
Muela de la Madera. Juanito (“Friji”),
que es un auténtico Todo Terreno en
bicicleta, además de buen conocedor de
nuestra Sierra, me va a descubrir nuevas
conexiones entre Las Majadas y Uña y ya
estoy ansioso por comenzar la ruta.
“A
ver si levanta pronto esta niebla porque
si no, se nos van a fastidiar las
vistas”...
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...comentábamos
a nuestra llegada a Las
Majadas. Tuvimos suerte pues
nada más comenzar la ruta en
Los Callejones, la niebla se
había disipado casi
totalmente.
El
primer kilómetro por
carretera hasta las parideras
y a partir de ahí nos
esperaba un recorrido
espectacular sobre los
cortados de Uña. Para
comenzar, nos asomamos al Picón
del Tío Cogote desde donde
podíamos ver sobrevolar a los
buitres, con el impresionante
Puente de Royofrío y un Júcar
serpenteante a nuestros pies. |
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Una buena parte del camino
transcurre junto a las rocas.
Juanito me advierte, “aquí
cuidadito con las salidas de
pista que en cualquier momento
sales volando”, y lo
decía con razón, pues en
determinados tramos tan sólo
unos pocos metros nos
separaban del precipicio.
Llevamos 1 hora de ruta y tan
sólo hemos podido hacer 11
kilómetros. Las
condiciones del terreno,
debido al deshielo de las
nevadas de días anteriores,
hacen que cualquier desnivel,
por pequeño que sea, parezca
una rampa del 20%. |
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También
resultó ser cuestión de fuerza y
equilibrio sortear algunas cuestas
ya que el barro nos hacía patinar
en cuanto imprimías fuerza a los
pedales. A pesar de todo y del
lamentable estado en que iban
quedando nuestras bicicletas, merecía
la pena por las impresionantes
vistas que bien merecían una y otra
parada para tener un recuerdo fotográfico.
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Después de sobrevolar las
Catedrales, el camino comienza
a descender vertiginosamente
hasta un punto en que se corta
y hay que echar pie a tierra
para enlazar con otro camino
que discurre ladera abajo y
que nos acercará prácticamente
hasta el Rincón de Uña.
A
nuestro paso encontramos los
restos de un ciervo que había
sido pasto de los buitres.
Menudo festín tuvieron que
darse a tenor de cómo habían
dejado de repelado al animal. |
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Con la piscifactoría de Uña
a nuestros pies, comenzamos la
larga ascensión a la Peña
del Acebo. Se trata de un
barranco de suave pendiente,
muy divertido y que serpentea
constantemente. En muchos
tramos, la presencia de nieve
y barro nos pone a prueba pues
a veces nos culeaba más la
bicicleta que a Kevin Schwantz
en sus mejores tiempos. En
cada curva cundía la alarma
de pequeños terneros que acudían
prestos al refugio de sus
madres que nos brindaban una
tierna mirada y seguían
comiendo como si con ellas no
fuera la cosa. |
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Tuvimos ocasión de ver Las Cuevas,
que bien podrían haber sido
refugios atávicos, hoy convertidas
en parideras naturales.
Vaya un momento para pinchar
más inoportuno. Con la rueda
atascadita de barro podéis imaginar
el pringue que supone sustituir la cámara
con la precaución de que no se meta
nada dentro de la cubierta. Bueno,
una parada en plena subida tampoco
viene nada mal.
Buscando
el camino que nos tendría que
llevar a El Maíllo, de nuevo otro
pinchazo. Menos mal que llevo
siempre 2 cámaras de repuesto, pero
no podemos continuar ya que un nuevo
pinchazo nos obligaría a parchear
las cámaras dañadas y el tiempo se
nos había echado encima. Optamos
por regresar a Los Callejones por
carretera y así, como mucho, a las
14:30 estaríamos en Cuenca. En esta
última parte del recorrido, con un
perfil claramente ascendente, las
piernas ya empezaban a quejarse por
el esfuerzo realizado y nos sentimos
muy aliviados al llegar a los
coches. En ese momento hubiésemos
pagado lo que sea por un buen
fisioterapeuta.
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Ya en Las Majadas, no podemos
irnos sin pasar por la panadería
de este bello pueblo serrano,
de merecida fama por
sus productos artesanos y
aprovisionarnos con unas
hogazas de pan, rosquillos de
aguardiente y mantecados. A
las horas que son, ya no
quedan tortas, porque como
dicen en el lugar, “sólo
se las comen los del pueblo”
porque madrugan más que los
turistas. Entre rosquillas y
mantecados, de regreso a
Cuenca, ya vamos planeando la
aventura del próximo fin de
semana que promete ser tan
emocionante como la de hoy. |
Ah!,
si alguna vez vais a Las Majadas no
dejéis de comprar tortas, eso sí,
¡a primera hora!.
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