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Tras 7 largos kilómetros de
descenso, ya con las zapatas de los
frenos bastante desgastadas,
llegamos a Pajaroncillo. Las calles
del pueblo están desiertas. Aún es
pronto y es domingo y el día se ha
estropeado bastante por culpa del
viento y del frío. Después de un
pequeño recorrido urbano,
continuamos la marcha en dirección
a Pajarón por un camino que más
parecía el lecho de un río, pues
discurría gran cantidad de agua
debido a las intensas lluvias y
nevadas de los días anteriores.
| Antes
de partir hacia Valdemorillo,
callejeamos un poco por Pajarón,
porque no todo son parajes
naturales; también apreciamos
nuestra arquitectura rural y
saludar a los lugareños que
nos miran con extrañeza como
pensando “¿de dónde
rayos habrán salido éstos?”.
Muchas veces se interesan por
el recorrido que estamos
haciendo o lo que es lo mismo “de
dónde venimos” y “a dónde
vamos”. |
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De
esta forma recibimos de primera
mano, casi mejor que en los planos,
todas las indicaciones posibles para
no perdernos, aunque esto último se
me antoja imposible yendo con
nosotros el incombustible “Fernando”,
al que no se le escapa ni un solo
camino y eso que hay, como él mismo
dice con ese sentido del humor que
tanto derrocha, “cienes y
cienes”. También nos
advierte de los tramos y curvas
peligrosas, de las que guarda
algunas cicatrices de recuerdo.
El tramo de camino, ahora asfaltado,
hasta Valdemorillo no es
excesivamente duro, pero son 9 kilómetros
siempre ascendiendo, y lo peor, el
fuerte viento lateral que nos azota.
Tuvimos
que hacer una parada de emergencia
ya que un grupo de mastines que
acompañaban a un rebaño se encaró
con nosotros con no muy buenas
intenciones. Cuando os encontréis
en una situación comprometida con
estos animales, muy celosos de su
rebaño, el gesto de coger una
piedra da muy buenos resultados y si
no hay más remedio, no contentarse
con el gesto y lanzarla (y que nos
perdonen las asociaciones
protectoras de animales).
Después
del susto –la verdad es que se te
encoge un poco el corazón- llegamos
a Valdemorillo, un bello pueblo
enclavado junto a unas enormes
formaciones rocosas en forma de
cuchillos a las que nos apresuramos
a subir para ver una excelente panorámica
aérea de la zona.
Los
kilómetros van haciendo mella
cuando ya estamos aproximándonos de
nuevo a la Cabeza de don Pedro de
regreso a Cañete. Antes de llegar a
Pozo Campillos nos vemos obligados a
parar para hacer algunas
reparaciones a nuestras máquinas y
es que no hay peor combinación que
las areniscas silíceas del rodeno y
el agua para hacer saltar cadenas y
dañar todos los componentes de las
bicicletas.
Como
el tiempo se ha echado encima
optamos, con buen criterio, por
dejar el Barranco de las Aldabas
para otra ocasión y tomar el
Collado de las Palomas hasta la
Cabeza de don Pedro.
Llegamos
a Cañete después de casi 4 horas
de bicicleta con muy buenas
sensaciones, aunque un poco
cansados. Pero no hay nada como una
buena tabla de ibéricos y queso de
la tierra para resucitarnos de
nuevo. El comentario es general: “Lo
mejor de la ruta, el final”.
Gracias
a nuestros compañeros César y José
Ramón del C.C. Cañete y
a sus padres que regentan la Hostería
de Cañete, por agasajarnos de esta
suculenta forma. Si algún día
visitáis esta noble villa, merece
la pena una parada para el sosiego
en este sensacional hotel de montaña,
con magníficas instalaciones y una
cuidada carta que seguro hará
vuestras delicias. Podéis conocerlo
pinchando aquí: www.hosteriadecañete.com
PD:
Las fotos que aparecen
en este reportaje son de archivo
pues se me olvidó ponerle carrete a
la cámara. Nadie es perfecto,
¿Verdad?...
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