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"Cuando has trotado mucho en bicicleta y ya no te conformas con
cualquier cosa, ni tampoco deseas repetir los mismos
recorridos de otras veces, empiezas a investigar
nuevas sendas que te descubren parajes insospechados,
empiezas a desarrollar tu intuición a la hora de
lanzarte a la aventura y haces un constante ejercicio
de orientación a lo largo de toda la ruta".
Cuando eres muy joven e inexperto, el miedo a
lo desconocido, a perderte, a que te sorprenda la
noche o a que te caiga una tormenta de mil demonios te
impide meterte en estos “berenjenales”. A medida
que van pasando los kilómetros, va madurando tu
relación con la naturaleza. Conoces los peligros que
te pueden acechar y aprendes cómo combatirlos, el frío,
el calor, la lluvia, la noche. Inconscientemente vas
sintiendo una irresistible atracción hacia lo
desconocido, te atrapa la necesidad de saber a dónde
lleva ese desfiladero, esa senda, ese barranco,...
Ahora
que muchos de nosotros hemos llegado a los 40, hacemos
cosas que ni siquiera nuestras familias entienden, ni
siquiera nosotros llegamos a comprender qué es lo que
nos llama con tanta fuerza a coger nuestra bicicleta y
adentrarte en lo más
agreste y recóndito de la montaña.
Hay
rutas que, por su espectacularidad y valor ecológico,
proporcionan grandes momentos de satisfacción para el
ciclista de montaña y son éstas precisamente las que
no importa repetir en cualquier momento, pues cada
estación del año transforma el paisaje, la forma de
rodar, las sensaciones sobre la bicicleta y la
apreciación del entorno.
Como
todos los fines de semana, un grupo de amigos del Club
En Ruta nos hemos juntado para hacer un
recorrido por los Altos de la Ciudad Encantada y
volver a bajar a Villalba de la Sierra por el Océñigo.
Se trata de un descenso divertido, bastante trialero,
en el que la técnica predomina ante la potencia física.
Es uno de nuestros parajes favoritos, de los pocos que
quedan alejados de la contaminación ambiental y de la
agresión del 4x4.
En
esta ocasión, el espíritu inquieto de todos los que
nos hemos embarcado en esta aventura nos mueve a
descubrir la unión de las hoces del Cambrón y del Océñigo.
No sabemos lo que nos podemos encontrar. Sólo
adivinamos a lo lejos que no va a ser fácil
mantenerse sobre dos ruedas por este desfiladero y que
tocará ir a pie en los tramos más complicados.
Mientras
podemos, seguimos el curso del arroyo del Océñigo,
difícil empresa a tenor de las piedras tan
irregulares que forman su lecho. Muy pronto se
encajona el río en un pequeño barranco que ha ido
erosionando el propio arroyo a lo largo del tiempo. El
paso por algunas colochas se complica pues algunas
superan los dos metros de profundidad y el agua está
congelada. La mañana está soleada pero la
temperatura ha bajado súbitamente, tanto es así que
el wind-stopper
que utilizamos en invierno no molesta en
absoluto a estas alturas del año (finales de mayo).
El primer contacto con el agua parece una cuchillada
en la piel y la inesperada caída de un compañero a
una de estas gélidas pozas le obliga a hacer un
ejercicio de control de respiración para poder salir
a nado. El resto nos sujetamos a las rocas con firmeza
ya que las calas de nuestras zapatillas hacen que
resbalemos constantemente.
Estamos
convencidos de que somos los primeros en transitar por
este lugar en bicicletas de montaña y probablemente
no volvamos a repetir esta experiencia por la poca
ciclabilidad del tramo, así que la sensación de
estar haciendo algo único e irrepetible es
indescriptible.
Cuando
finalizas una ruta sueles comprobar en tu
ciclocomputador los datos del recorrido como la
longitud total, el tiempo transcurrido o la velocidad
media empleada que suele oscilar entre los 15 y los 25
kilómetros por hora, según el perfil del recorrido y
las condiciones del terreno. Hoy estos registros han
caído por los suelos pero la experiencia merece la
pena.
Este
verano, aprovechando el calor, nos esperan rutas tan
espectaculares como ésta, el descenso del Cabriel
desde El Vallecillo en la comarca de Albarracín, en
el que iremos montados en nuestras bicicletas en
vadeos tan profundos que sólo asomarán los
manillares. Se “mastica” la adrenalina al vencer
la fuerza del agua y mantener el equilibrio en estas
situaciones. También nos espera el divertido descenso
de El Pozuelo a la Herrería de Santa Cristina con un
arroyo bastante crecido por las lluvias y otras muchas
emociones durante los próximos meses.
No
piensen los lectores que siempre andamos como las
cabras por las zonas más agrestes de nuestra
provincia. Casi siempre buscamos caminos y sendas
ciclables pero, si la ocasión lo requiere, no dejamos
pasar la oportunidad de darnos el placer de sentirnos
por un día los ciclistas de montaña más afortunados
del mundo.
Os deseo
un verano sobre ruedas. |