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La Alcarria
conquense es una zona de
Cuenca rica en recuerdos de
gentes que vivieron mucho
antes que nosotros. Nos
sorprenden sus iglesias, quizá
no suficientemente importantes
para atraer un turismo masivo,
pero que nos transportan a una
época en la que lo rural era
mucho más importante que hoy.
Muchos de los que allí
nacieron tuvieron que marchar
a trabajar a la capital o a
Valencia, o a Barcelona o a
vete a saber dónde.
En invierno tienen
además un encanto especial.
Descubrir pequeños pueblos de
pocos habitantes entre
inmensas zonas de labor y
callejear sus desiertas calles
o descubrir sus, en ocasiones,
agrietadas iglesias o ermitas,
te hace consciente del
paso del tiempo, te rememora
tiempos mejores en los que un
agradable rumor humano
impregnaba las piedras, las
esquinas, las fuentes y los
campos. Tras una dura jornada
de bicicleta regresas con la
piel curtida, los labios
resecos, los músculos
calientes y el cuerpo
dolorido… los pulmones
llenos y el alma en reposo…
con el recuerdo borroso de
unos nombres de pueblos que de
nuevo es probable que duerman
en el olvido, dejando un poso que despertará en alguna ocasión
de la forma “yo
estuve por allí”.
Y los campos
inmensos de labor y monte
siempre diferentes y al mismo
tiempo iguales se recordarán
como parte de un puzle con las
piezas desencajadas, por
aquellas cuevas, aquellas
rocas, aquellos chopos,
aquellos arbustos, aquel
puente, aquellas curvas,
aquella senda, aquel camino,
aquellos pájaros…
Y presidiéndolo todo
aquel sol, aquellas nubes,
aquel aire… Y nos sorprenderá
que otros encontraran también
interesantes aquellas rocas y
construyeran allí una ermita,
quizá sobre una antigua
mezquita, quizá cerca de unas
cuevas rituales de origen
inmemorial.
Pablo
Martínez Espejo
Presidente
Club En Ruta
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